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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

De maoríes, pakeha y otras yerbas

10:53hs
sábado 27 de junio, 2020
Jerónimo Corregido

E hoa, ka whawhai tonu ahau kia koe ake, ake, ake.

«Amigo, he de continuar luchando contra vos para siempre, para siempre». Rewi Maniapoto de Ngati Maniapoto al mayor William Gilbert.

Ilustración por El Hombre Grenno

Hay más que bosques y colinas en estas colinas y bosques. Al este de Tauranga, por ejemplo, detrás de aquellos promontorios y de esas playas, está Waitangi, pueblito apartado e indiferente, silencioso hasta en sus momentos más concurridos. Si se escucha con todos los sentidos, empero, se puede percibir un viento de voces: las voces de los ingleses y de los maoríes reunidos el 6 de febrero de 1840, la voz clara y circunspecta de William Hobson que les dice a los jefes Hōne Heke y Te Wharerahi que firmen acá, que el acuerdo les va a venir bien, que las tierras seguirán siendo suyas; se oye la voz de Rewa de la tribu de Ngai Tawake, que replica, porque la réplica es la reacción natural de la oratoria maorí; se oyen incluso los cañonazos que desataron esas firmas, se oyen los ecos de los maoríes protestando en la casa de gobernación, en las oficinas de la ONU, protestando por el fraude del Tratado de Waitangi a lo largo de los caminos de la posteridad.

Nueva Zelanda se jacta de tener «las mejores relaciones raciales del mundo». Quizás sea cierto; no lo sé. Me parece que es una manera de comparar su historia con otras experiencias colonizadoras anteriores, como la de América, en las cuales las poblaciones nativas fueron cazadas hasta el exterminio, sin piedad ni empatía. Si se usa ese parámetro de comparación, las relaciones raciales de Nueva Zelanda son buenas; si se establecen criterios más estrictos, puede ser que las cosas se vean distintas. Personalmente, la extinción no me parece menos digna que la esclavitud nominal que les tocó a los maoríes de estas islas, quienes sobrevivieron a la colonización inglesa pero se vieron obligados a aceptar la estructura socio-económica del invasor, lo cual los convirtió en vasallos, en ciudadanos de última categoría en su propia tierra.

En el país de «las mejores relaciones raciales del mundo» existen dos razas principales: los maoríes y los pakeha. Los primeros son gigantes, tetones, de brazos largos y velludos, de sonrisa amplia y cólera fácil. Los otros son pálidos en invierno y rosados en verano; evitan usar la palabra «pakeha» y se llaman a sí mismos «kiwis», en referencia al pajarito sin alas de Stewart Island y al fruto peludo que crece en la isla norte: «kiwis», alegre eufemismo para disfrazar su verdadero nombre, que suena, a veces, como un martillazo, como un insulto, con la violencia con la que se enuncian las palabras en la sanguinaria lengua de los guerreros maoríes: palabras gigantes, tetonas, velludas, «pakeha».

Claro, ese es el nombre que les dieron los maoríes a los ingleses, y no el que los ingleses eligieron para identificarse. Lo mismo, sin embargo, podría decirse de la palabra «maorí», ya que los isleños que vivían acá, los ancestros de los jefes que firmaron el Tratado de Waitangi, no se reconocían como un raza particular: para ellos, los cuerpos marrones y brutales de la Polinesia eran la única fisionomía humana. Su modo de organizarse no era por razas, sino por tribus. Mientras que los pakeha se siguen refiriendo a ellos mismos como «kiwis», los locales fueron forzados a abandonar su tribalismo y a asumirse como tangata maori, «la gente maorí». Esto señala dos puntos importantes: por un lado, que el modo en el que cada comunidad se denomina a sí misma muestra los cordeles de la ideología subyacente; por el otro, que la unidad puede funcionar como excusa para controlar más fácilmente a las fuerzas naturalmente heterogéneas.

Los pakeha manejan el gobierno, las relaciones institucionales y las corporaciones desde la fundación misma del país. Los maoríes, por su parte, fueron una comunidad casi exclusivamente rural hasta la década de 1950: segregación racial bastante ilustrativa. De una generación para la otra, la gran mayoría de los isleños tetones y brutales migró hacia la ciudad, con resultados catastróficos para la impronta cultural de las tribus. Los estímulos incorrectos —alcohol, publicidad, medios de comunicación hegemónicos, consumismo— produjeron un impacto negativo en los maoríes, que quedaron colgados entre dos culturas poco compatibles. Fue durante esta época que se hicieron fama de sucios, malvivientes, borrachos y, sobre todo, vagos.

«Se hicieron fama» es una manera irresponsable de decirlo. En realidad nadie nunca se hace fama de nada, sino que siempre depende de un agente externo; en este caso, quienes les formaron la mala reputación fueron los pakeha. La experiencia particular es una muestra sesgada y pobre para tratar casos generales; sin embargo, me remito a ella como ejemplo: cada vez que hablo sobre los maoríes con los pakeha aparece la palabra «vagos» —yo les saco el tema, es cierto, pero ellos caen siempre en las mismas opiniones—. Que los maoríes no quieren trabajar. Que viven de los subsidios del gobierno. Que solo se quejan para generar conflicto. La idea no me parece novedosa: el sector blanco y privilegiado acusa al sector oscuro y desfavorecido de aprovecharse de la generosidad del Estado, de vivir de sus impuestos. Están a dos tequilazos de empezar a recitar que «a estos negros hay que matarlos a todos». ¿Les suena? Todos los lugares están en todos los lugares.

El país con «las mejores relaciones raciales del mundo» es también el país de lo políticamente correcto, donde las opiniones clamorosas deben ser reprimidas. En Argentina pareciera existir una facilidad ontogenética para manifestar los exabruptos abiertamente, lo cual permite reconocer el posicionamiento ideológico de todo el mundo de manera directa. Acá, en Nueva Zelanda, todos se esfuerzan por cuidar las apariencias de la multiculturalidad y la integración. Sin embargo, por algún lado tiene que salir el verdadero pensamiento de la gente. Alguien tiene que darle voz, aunque le cueste el trabajo. Es el caso del pakeha Paul Henry, un famoso conductor de televisión y radio local, conocido por sus posturas contestatarias. En el 2009 hubo un brote de salmonella transmitido a partir de unos tomates en mal estado. Henry sugirió, con el humor con el que deben enunciarse las opiniones más sinceras, que la salmonella había venido de los «hispanos que juntan las frutas». Un panelista con la máscara de lo políticamente correcto le recordó la Comisión Racial del país; Henry le dijo que no se preocupara, que los mexicanos —los hispanos— ni siquiera estaban mirando. La otra conductora, también pakeha, dijo que seguro estaban demasiado ocupados juntando tomates. Lo más interesante es que su comentario es estructuralmente cierto: la sociedad neozelandesa posiciona a los hispanos en el rol de recolectores de frutas. A Paul Henry lo echaron de ese canal, pero enseguida volvió a trabajar para los medios más grandes del país, como hace hasta el día de hoy. Eso se debe a que su visión xenófoba y racista representa auténticamente a un sector mayoritario de la población blanca que no se anima a decirlo en voz alta, pero que experimenta el mundo desde ese marco.

También es Paul Henry quien señala que, si un auto realiza maniobras imprudentes, es porque está conducido por una persona asiática, probablemente mujer, quizás anciana, pero seguramente asiática y, si se puede elegir, mejor que sea china. Los asiáticos son la segunda minoría del país, apenas por detrás de los maoríes. Los comentarios de Henry sobre su modo de conducir son el eco de lo que murmuran millones de pakeha en todas las rutas del país cuando el vehículo que va frente a ellos realiza alguna maniobra extraña. Henry parece ignorar que sus comentarios se inscriben en una tradición de discriminación a los chinos, que comenzó en el siglo XIX con los injustos visados que se les cobraban, y que continúa hoy bajo la superficie de la corrección política.

En tiempos de reflexión sobre el racismo, es bueno recordar que Nueva Zelanda, a pesar de estar muy al borde, sigue siendo parte del planisferio, y los grandes problemas estructurales de la humanidad —el racismo, el sexismo, la desigualdad— está tan presentes acá como en cualquier otro lado. Quizás sea el país con «las mejores relaciones raciales», pero tal como están las cosas en el mundo, esas relaciones siguen siendo bastante malas.


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