COLUMNISTAS

Con-textos - Gaby Purvis

Juguemos en el bosque (o algunos apuntes para pensar la soledad infantil)

11:10hs
viernes 24 de junio, 2016
Gaby Purvis

“El niño se perdió de vista y señaló los límites del mundo” [María Teresa Andruetto].

Hace pocos días, en la clase de un seminario sobre Juego y Literatura infantil al que asisto y mientras intercambiábamos impresiones sobre un cuento de Saki (escritor que recomiendo) en relación al texto “La venganza de la gente pequeña” de Mirta Gloria Fernández, se dio (una vez más) la situación de oír: “Por más contrahegemónicos que sean los niños de Saki, me parece demasiado. Hay que ver en qué momento y cómo se les da ese tipo de historias a los chicos”… Enseguida me puse en alerta, como me sucede en estos casos (escuchar estas cosas, más cuando provienen de colegas me pone en este estado de ‘parar las orejas’, de ‘oír entre líneas’ el miedo a…). La docente a cargo del curso reaccionó del mismo modo. Convenimos, por supuesto, en que siempre es mejor ofrecer este tipo de historias (se mencionó además el maravilloso libro álbum “El pato y la muerte” y otras obras que tratan temas de los llamados difíciles) antes que censurar “por si acaso” (aunque no es de la censura en la literatura infantil de lo que quiero hablar, les sugiero en este punto el texto de Perry Nodelman, “Todos somos censores”).

Entonces, una compañera (a punto de graduarse de docente en Letras, ya docente de Inicial), que venía mostrándose clase a clase impresionada por la versión verdadera de Pinocho, la de Collodi (y encima con ilustraciones de Inocenti!) dijo que algunos cuentos clásicos también eran terribles (“Esa no es la versión que yo leí de chica”, manifestó en relación a Pinocho. Por su edad y por el comentario de la profesora a cargo dedujo y así se lo hizo saber que eso le ocurría probablemente por haber estado mayormente en contacto con la historia de Pinocho que cuenta la versión de Disney… A la tercera clase, se lo dijo abiertamente. A veces la resistencia a lo no edulcorado, a textos no disfrazados de “acaramelada ternura” puede ser aguerrida). Continúo.

Algunos cuentos clásicos también eran terribles, comentó, como Hansel y Gretel, por el tema del abandono en el bosque al que son sometidos por sus padres. Por esos días, había circulado en varios medios la noticia de unos padres que abandonaron a su hijo en un bosque de Japón… (“El niño japonés que sobrevivió solo durante seis días en un bosque (…) luego de que sus padres lo dejaran como castigo en una zona montañosa habitada por osos en la isla de Hokkaido”.). Entonces, contra aquellas aprehensiones adultas yo recordé a Bettelheim (2013) y a Martin Garzo (2013) cuando sostienen que estos relatos ejercen una función liberadora para la mente infantil, proveyéndole un apoyo moral y emocional.  Los cuentos de hadas ayudan a los niños a construir sentido en sus vidas, porque los enfrentan con los conflictos humanos básicos (muchos de estos cuentos comienzan por ejemplo con la muerte de alguno de los padres y éste es un miedo recurrente en los chicos) y les hacen sentir que ellos son capaces de enfrentar dichos conflictos, dándoles confianza en sí mismos y en su futuro. Además, aquello que a nosotros nos parece terrible, a lo que como adultos nos resistimos por las repercusiones que pueden tener, es vital para los niños y niñas. Al respecto, dice Gustavo Martín Garzo: “El miedo ya está en ellos y lo que hacen los cuentos es darles recursos para enfrentarse a él”. Estas historias, además, les hablan a los niños de sí mismos, de sus preocupaciones, de sus miedos, de aquello que son, que están siendo en ese momento (no siempre niñitos buenos) y de los conflictos emocionales que se les presentan a esa edad.

Claro, como decía, que hay que ofrecer todas estas obras, pero ofrecerlas acompañando, mediando, nunca dejando en soledad… A fin de cuentas esa es la tarea del mediador, sea éste un docente, un bibliotecario/a, un padre o madre que lee en la cama antes de dormir. No obstante, tampoco es la importancia de estas historias -más o menos sabida por todos los que trabajamos en educación- el eje que quería para esta columna. Más bien quiero hacer foco sobre algo que tiene que ver con el bosque, con dejar abandonados a nuestros niños en los “bosques”. ¿Cómo podrían los niños y niñas de hoy sentirse impresionados por el abandono que sufren Hansel y Gretel cuando atraviesan sentimientos de soledad a edades tan tempranas, aún estando visiblemente acompañados? El Dr. Orchansky, médico pediatra, ya lo había puesto de manifiesto cuando expresó “estamos frente a una epidemia muy feroz de soledad infantil”. Quien quiera oír, que oiga. Reemplazamos presencia con juguetes, ropa, entretenimiento (spa de de niñas, té de princesas, por mencionar algunos de lo que van en dirección a lo que pretendo referir), videojuegos o tele, apurados como estamos, corriendo a nuestros trabajos y obligaciones impostergables. Cuando no, con las causas más nobles de inglés, baile, canto o taller de arte. La televisión no tiene nada de malo en sí misma, claro está. No se trata del viejo discurso de la televisión como la culpable de todos los males. La cuestión aquí es que la de hoy, es una infancia que pasa muchas horas en soledad, con la televisión y los videojuegos como entretenimiento casi exclusivo.

Imagen tomada de la Web.
Imagen tomada de la Web.

Y aquí, también un comentario aparte merecen los juguetes: los juegos; los juguetes de hoy son más conectivos que experienciales. El juguete viene tan predeterminado cuando se ofrece al niño o niña que estos casi no pueden desplegar su potencialidad creadora frente a él. La posibilidad que ofrece el juguete para jugar, con todo lo que jugar implica en la infancia (¿Qué mundos permiten a los niños crear, recrear, inventar los juguetes actuales?), está hoy muy reducida. “En los juegos inventados o armados por los niños es crucial que los intersticios de articulaciones entre secuencias no estén saturados ni sean rígidos”, expresa Julio Moreno (2014), doctor en Medicina. Más bien deben ofrecerse como continentes capaces de dar lugar a  nuevas transformaciones. Hoy pareciera ser que muchas veces el juego no humaniza, el niño no puede más que jugar a lo que ya le propone el juguete-mercado… Ciertos juegos, pasatiempos o entretenimientos ‘no hacen a la cosa’ como suele decirse, cuando hay adultos presentes en estas escenas (pre-sen-tes) y cuando existen además, otras posibilidades, otras chances para ser niño o niña. “En sus cruzadas incansables por consumir juegos y películas de violencia y terror (…) los niños no hacen más que ejercer su inteligencia, a la vez que desahogan sus pasiones en el clima supuestamente acogedor del hogar” (Fernández, 2014). Cuidémonos bien de transformar nuestros hogares en bosques acogedores, colmados de juguetes y pantallas que titilan durante horas, pero bosques al fin. La invitación es, como siempre, a pensar. El historiador Ignacio Lewkowicz (2005) decía que el primer paso para abordar un problema era pensar sobre él, hacerle (y hacerse) preguntas. Frente a la trama actual de lo social, cultural y familiar, de cómo estamos viviendo y construyendo los vínculos es necesario, sino urgente cuando se trata de la infancia, constituir un pensar desde otras lógicas, para dar lugar a otras experiencias y posibilidades de ser y estar en el mundo. Quizás no sea mala idea, empezar por reparar en los claros que todo bosque tiene. Será tarea de cada uno de nosotros, desde el lugar en que nos toca actuar frente a niños y niñas, ver cuáles son esos claros.

Iustración de Giovanna Ranadi
Iustración de Giovanna Ranaldi, 2013

 

 

 


Más columnas de Gaby Purvis

SEMANARIO EL MUNDO DE BERISSO Ⓒ 2016 - Edición Dígital. Todos los derechos reservados.

Inhouse - Soluciones web