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Memorias - Juan Klimaitis

La grata compañía

19:33hs
Sábado 3 de Septiembre, 2016
Juan Klimaitis

10La grata compañíaEn la actualidad, puede decirse que no hay puestos de trabajo, profesionales y diligencias humanas en las que no intervenga una mujer. Aún aquellas expresiones laborales que por tradición, fuerza y habilidad, pertenecieron a la clase masculina, hallaron de pronto, y en algún momento de la historia reciente, ubicación para el bello sexo, bien es cierto que modernizados en los casos extremos.

Y no solo tuvieron la oportunidad, gracias a su mismo empeño, de insertarse con notable éxito en un mundo vertiginoso y cambiante, equiparándose virtualmente a los hombres, sino que también modificaron el ámbito de las relaciones de trabajo entre ambos, al contribuir con su presencia y una distinta perspectiva de las situaciones generadas en sociedad. Dicho de otro modo, alegraron la monotonía de las horas de oficina, proponiendo nuevas pautas de comportamiento entre los sexos.
Hace ya medio siglo que iniciaba mi carrera como ornitólogo de campo, época aquella en la que la gente juzgaba con curiosa mirada nuestra actividad, subvalorando e incluso menospreciando por infantil la observación de las aves. Por aquel entonces, tuve la fortuna de tratar a una de esas mujeres que trascienden la escala de lo cotidiano y son capaces de comprender la posibilidad de otros valores inmersos en la comunidad y que también la conforman. Ya en 1968, cuando empezó mi relación con Stella Maris Borba, ella formaba parte de ese mundo de bohemios caminantes, por su comprensión de los contenidos científicos y sociales de la investigación biológica, al haber trabajado en casa del doctor Mateo Zelich, avezado naturalista.
Desde ese ayer, en cuarenta y cinco años de matrimonio, infinidad de veces hemos compartido viajes de campaña a tantos lugares como nuestra elección y gusto requería. No hubo sitios adonde no llegáramos buscando ambientes, especies, nidos, plantas y criaturas desconocidas para describir y fotografiar. Recuerdo jornadas de tórridos veranos, revisando matorrales para hallar las crías esquivas del Zorzal Colorado, ocultas en la profundidad de la madreselva; hurgando entre pajonales para hacernos camino hasta las construcciones de hierba y barro de los Pecho Amarillos; guiarme en mi ascenso sobre algún molle tratando de llegar, rama a rama, a los blancos huevos de una Torcacita; soportando el sol del mediodía, mientras asentaba los datos que yo le dictaba desde el fango oloroso del totoral, sobre medidas y detalles de la colonia del Varillero Congo; identificando pájaros en los saucedales, que luego pasaban a engrosar la lista de especies nuevas para Berisso…
Tantas tardes de regreso a casa con el sol en la cima del cardal y la atmósfera colmada de aromas a pasto, fresco e indolente, cansados por el esfuerzo de indagar la vida salvaje, sus causas y efectos. Tan solo una excusa para gozar del placer de tenernos de la mano, como simples novios, caminando la noche de la ciudad, compañeros de un largo trayecto de años por conocer…


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