COLUMNISTAS

Memorias - Juan Klimaitis

La soledad del regreso

16:48hs
viernes 18 de noviembre, 2016
Juan Klimaitis
15la-soledad-del-regreso

La Calandria se regocija con su canto en la cima del Virapitá. La media tarde, nublada y ventosa, me encierra junto a la luz de la lámpara. El mate, de yerba misionera, deja en la boca su gusto selvático, rudo y sabroso a la vez. Contemplo por la ventana el cielo gris, con gruesos nubarrones que bajan, allende los techos, al estuario del Plata. Otoño, que me trae pensamientos de otros años, de inquietos días y solitarios viajes al corazón del monte de la Isla Paulino y los pajonales de Berisso. Practico una hendija temporal para verme, adolescente de flacos huesos y revuelta cabellera rubia. Cierro los ojos y sueño.
Despierto en la fría mañana de un sábado en Los Talas; la húmeda cerrazón moja mi cuerpo y me conmina a moverlo. Bebo con mi padrino y Sofía, su esposa, una taza de fuerte café. Mastico galleta. Cargo la bolsa con provisiones y enseres, binoculares, caramañola y pasión aventurera.
Me abrigo con botas de goma, gruesas medias tejidas a mano, camiseta de frisa, camisa leñadora, gastado pantalón invernal, bufanda y campera de corderoy. Y siempre, gorro o sombrero paternal de vieja data. Luego, resoplando nubes de vapor, enfilo la calle que me conduce a los potreros de Pérez, cuidador a cargo del ganado vacuno. Atravieso por debajo de los alambres de púa y ya estoy en medio del pastizal. Camino con manos en los bolsillos. Chingolos y Horneros me miran desde la tranquilidad de sus perchas, en el esquelético cinacinal. Ni ellos se mueven en la mortecina luz.
No se ve la distancia. El horizonte es niebla, un telón ceniciento con ausencias. Asusto de su calma a la Perdiz, que se proyecta con silbido de alas cortando de cuajo el silencio. Los prismáticos congelan los dedos cuando pretendo mirar la sombra fugitiva de una rapaz. El flechillar me empapa. Cruzo un bajío con flores de sapo y manzanillas; dulce efluvio asciende hasta mí. Talas desnudos, florestas oscuras de Coronillo y Molle, un Espinillo indemne, otro Curupí ajeno. El bosque de espinas me lleva a los bañados de Maldonado.
Me aferro, por fin, al canal Mena, a cuya vera dispongo la marcha. Sobre el alambrado retozan Mistos, Tordos, algún distraído Chingolo Ceja Amarilla, Bichofeos y Chimangos quejosos. Recuerdo en este tramo, el fastidio por las vacas y sus huellas, ocultas por el agua de las lluvias, que me hacían trastabillar en el barro. Llegado a una laguna dibujada en la gramilla, aparece el pajonal, aún envuelto por bruma; más que verlo, lo intuyo por el vuelo de Cuervillos, Remolineras, el batir vibrante de los Maiceros y el serrucho estridente de la Becasina al hendir furioso la atmósfera. El pasto salado anticipa las tierras anegadas de paja brava, espadaña, el orgulloso junco, la fresca totora y el advenedizo lirio amarillo. Prosigo por el tupido follaje, abriendo una senda; a mi derecha, la lumbre del sol claudica la autoridad de la niebla. Me detengo y vislumbro la claridad invasora, tibia y humeante. Trepo a un poste y descanso, observando crecer el día.
El tiempo transcurre. Sietecolores de Laguna y Gallinetas me visitan; saludo a un Pico de Plata y al Sobrepuesto que escapa del fango orillero. La baraúnda de Chajáes me inicia en el celeste del cielo, donde me distrae el blanco pasaje del Gavilán Planeador, similar al suave algodón de las nubes errantes. Estoy aislado en el peligro del vacío, sin temer por mi vida. Ignorante valor de la juventud.
Durante horas yazgo perdido en la profundidad del humedal. Observo, anoto, me deleito con criaturas que acuden a mi encuentro; converso con ellas. Fotografío nidos y escucho los mensajes que me trae el viento. Respiro el perfume de los helechitos de agua y por mis venas cunde la alegría de estar ahí.
Tardíamente, pruebo la vianda para iniciar el retorno. He cambiado las horas por el deseo de quedarme. El sol irrumpe la frontera de los árboles con fulgor de tintas carmesí. Chapoteando el calmo humor de un vasto duraznillal, me sorprende la fatiga; por encima, Chiflones, Caraos y Garzas viajan al dormidero. Viéndome pasar, parecen burlarse de mi figura embarrada, estampa asceta en el ocaso. Me dejo ganar por la soledad del momento. En el espejo del agua, vuelan Cigüeñas con majestad de grandes buques o indolentes pañuelos. Camino envuelto por rojiza vestimenta de frío, gozando la serena transfiguración del paisaje. Lentamente, pero no solo.
Me recibe la generosa fragancia del leño en el fuego, el bienoliente crepitar del tocino frito inundando el hogar.
Soy feliz por todo.


Más columnas de Juan Klimaitis

SEMANARIO EL MUNDO DE BERISSO Ⓒ 2016 - Edición Dígital. Todos los derechos reservados.

Inhouse - Soluciones web