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Memorias - Juan Klimaitis

Los mil rostros de una vida

9:29hs
martes 27 de diciembre, 2016
Juan Klimaitis

Tito Narosky puede desconcertar al más avezado de los biógrafos, si es que no han sido advertidos de su pródiga carrera como naturalista o examinado los vericuetos de una productiva gestión como artista y amante de la estética biológica. Incluso, deberán seguirlo muy de cerca para descubrir las sutiles entregas de su espíritu, cuando se propone explorar las leyes que rigen la condición humana.
Si tal manera de actuar en sociedad, disfrutar los placeres mundanos y sustentar determinado nivel de vida, responden a cánones de estricta humildad -gestos de hombre simple-, su esencia existencial, en cambio, es asaz diversa y tan compleja en la necesidad de responder múltiples interrogantes, que lo vuelve por momentos inasible presa. Pronto puede ser pertinaz caminador de camuflada silueta, como centro de las miradas en el podio triunfal, engalanado de punta en blanco. ¡Sólo considerando el aspecto meramente circunstancial de los hechos! En la intimidad del coloquio y al amparo de la calma hogareña, cerca del perfumado aroma del té, el pensamiento filosófico de sus años echa a volar con gentiles palabras, sin la mezquindad del lenguaje científico.
No exento de la crítica que acidula a los mediocres, él trastrocará la intencionalidad del daño, por energía fecunda que se hace prolífica en obras de uso solidario. Antes que resbalar sobre sí, lo encauzará para el bien común. Y se place en ello… ¡Curiosa solución para las penas que habitualmente solapan el ánimo humano, convertido en involuntario actor de la perfidia de los sentimientos ajenos!
Su vocación aventurera lo ha llevado a practicar el arte del coleccionismo. La novedad es una propiedad dinámica que ejerce de continuo, tal vez para aligerar la modorra que imprime el tiempo y nos lleva a consentir la rutina horaria y un mismo escenario día a día más estrecho, hasta caer en el olvido. Ahora lo evoco, en una primera y lejana mirada, observar aves con enormes y pesados prismáticos 10 x 50, capturando datos en pequeñas libretas anilladas; o fotografiar pájaros con una Asahi Pentax de enorme teleobjetivo Takumar 300 mm, tantas veces golpeado, embarrado y sumergido, que ya entró en la galería los queridos trastos del museo de la añoranza.
Después, en el mismo ensueño, he visto armarios repletos de huevos prolijamente ordenados, cuyas medidas y colorido se insertaron en tantas páginas publicadas; una completa biblioteca ornitológica, el magnífico cactario que buscó sierras y montañas; la erudición manuscrita de hileras de negras carpetas marginadas de aluminio; una multicolor exposición de caracoles del mundo… ¡Tantas horas de paciente labor en muchos emprendimientos solitarios o de conjunto!
También poeta, narrador de vivencias, buceador del alma, humorista culto, exquisito retratista de familia, escritor de relatos infantiles, técnico químico, afamado tenista de mesa, comerciante, amigo, excelente esposo y tierno padre. Simplemente, un incansable enamorado de la fracción de tiempo que le toca vivir. Y hoy, como antes, Tito no descansa, ni aún en reposo físico, pues su veta creativa vuela constante y no conoce recreos, en tanto haya oportunidad de optar por nuevas incógnitas.
“No hay mejor descanso que cambiar de trabajo”, suele decir con énfasis, poniendo manos a la obra, en ocasiones sin estar arremangado… Luego ríe y aprieta fuertemente las manos de Queli, compañera de su más cálida y perfecta historia.


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