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Memorias - Juan Klimaitis

El patriarca de los pájaros

19:14hs
Lunes 17 de Octubre, 2016
Juan Klimaitis
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Entre la mucha correspondencia que mantenía con naturalistas e instituciones argentinas y del extranjero, a principios de 1970 recibí correo de la British Ornitological Union, con la dirección de dos socios ingleses radicados en nuestro medio. En mi afán de establecer vínculos con observadores de todo el país, no dudé en escribir a ambos; al poco tiempo llegó respuesta desde la provincia de Corrientes. A partir de allí y durante dieciséis años, el intercambio de información fue constante; cada mes llegaban a casa al menos dos misivas manuscritas, con caracteres pequeños, apretados y de leve inclinación a la derecha, las que por lo habitual comenzaban con: “Recibí su carta de fecha…” E invariablemente, cada sobre contenía dos o tres carillas cubiertas en su totalidad por nutrido texto, incluso vertical en sus márgenes, con añadiduras y correcciones que surgían de dudas en el traslado del pensamiento inglés al español. Su firma, apenas tenía cabida en el final.
David Bremner Wilson constituyó valiosa etapa en mi formación. Su rica experiencia de vida, en un tiempo y lugar de rudas condiciones de adaptabilidad, lo llevó a erigirse en figura patriarcal, no solo en el seno de su familia, sino también en el consenso de la sociedad que lo cobijó con respeto. Conocedor de las faenas de la tierra así como autodidacto en literatura anglosajona, supo unir ambos aspectos para subsistir junto a esposa y tres hijas: Annie, Hilda y Patricia. Trabajó en arrozales de los esteros del Miriñay, en yerbatales y cítricos, administrador de estancias y telegrafista en Punta Lara en su edad moza. Lo conocí jubilado y con 63 años, en su humilde vivienda de la calle Fray Luis Beltrán 1130, de Mercedes.
Me acuerdo que luego de atender a sus alumnos de inglés, salíamos en bicicleta -de sólida construcción británica-, a observar aves en los alrededores de la urbe. El “Eucaliptal”, un tajamar, el arroyo “Garza”, algunos espinillares, eran sitios favoritos de su peregrinar semanal. De su cuello pendían prismáticos de siete aumentos y estuche de cuero donde guardaba libreta y lápiz. Anteojos de grueso armazón, infaltable gorra de visera, bastón de caña de Malaca al que doblaba hasta límites insospechados al apoyar su humanidad, y banquito plegable de lona donde reposaba al mirar pájaros, completaban su atuendo. Así lo evoco, mientras saluda con voz clara y calma, de típico acento, al rojo churrinche en la copa del arbusto, dándole la bienvenida a su patria de cría. ¡Magnífico ejemplo de un gentleman de estirpe conservacionista!
En el rincón favorito del hogar, junto a sus recuerdos de ultramar -grabados de bergantines, aves, estampas de la rubia Albión- y la salamandra henchida de leños ardientes, repasaba sus apuntes de campo. Después, volcaba en extensas listas sistemáticas las especies halladas y sus avatares biológicos, con rico lenguaje. En las paredes, hileras de libros confluían con su sabiduría a la atmósfera de raro encanto de aquella morada. Una vieja máquina de escribir rumiaba su larga pausa; en el rústico piso algún perro amigo acompañaba el silencio. Todo era paz y recogimiento.
A las cinco de la tarde, el consabido té nos reunía en la cocina. Carola, la infatigable esposa de don Wilson, servía en tazas de porcelana la fragante bebida, dulce de mamón, una horneada de pan casero y el huevo cocido sobre un pedestal metálico, manjares que invariablemente mi amigo agradecía con un: “thank you, mamá…” Por debajo de la mesa, subrepticia mano aplacaba el apetito canino. La conversación derivaba de los pájaros a la filosofía existencial, de la moral y buenas costumbres al destino de los ambientes silvestres, de la lectura de prosa y poesía clásicas a la supervivencia de la cultura guaranítica…, para proseguir en el retiro del jardín con otra versión de la dualidad humana.
Transcurrieron los años. Entre densas cartas de contenido espiritual y diálogos ornitológicos, visitas a su hospitalaria casa y encuentros junto a la lumbre de un asador, la relación creció en magnitud por su afecto y mi agradecimiento. Fue una maravillosa amistad, hito de inflexión en mi propia historia.
Creo verlo aún, con la nostalgia pegada a su vieja radio portátil, mientras escucha noticias de la BBC de Londres, cálido vestigio de una raza aventurera.
Su tranquila silueta destaca contra las sombras del anochecer y el retiñir de las chicharras. Parece sonreír.


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