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Con-textos - Gaby Purvis

Promocionar la lectura; reflexiones en clave íntima

12:47hs
sábado 13 de agosto, 2016
Gaby Purvis

Comienzo mis reflexiones con una cita del filósofo de la educación Carlos Skliar “Pedir leer. Ni como conocimiento ni como obligación ni como súplica (…). Pedir leer anteponiendo el dar de leer. Podría decirse así: como es verdad que sentimos pasión por la lectura, la ofrecemos, la damos, sin más. No habría otro condimento. No lo hay (…).Leemos y nos gustaría dar de leer y conversar sobre la lectura. Leemos y nos gustaría que los demás leyeran”.

Hablar de promoción de la lectura es como hablar del universo entero. Del  vasto y extenso territorio de la promoción de la lectura. Sin embargo, toda vez que reflexiono sobre el tema, no puedo, en principio, no pensar en la lectura en los términos en los que lo hace Skliar. Leemos y nos gustaría que otros leyeran. Porque es verdad que sentimos pasión por la lectura. Y porque sentimos pasión por la lectura es que nos gusta conversar sobre ella. Nadie mejor que otro lector entiende la felicidad que se experimenta al encontrar a alguien (cercano o no) que ha leído ese libro que nos conmovió. O que nos dejó estaqueados como un rayo en el medio del patio, como diría Julio Cortázar del amor. Amor y lectura.  Sí, soy consciente de que corro el riesgo de caer con estas palabras en la postura hedonista respecto del leer, en la trillada fórmula del “leer por placer”. Quizás sí, un poco. Sólo un poco. Porque también es cierto que si se quiere decir algo sobre por qué promocionar la lectura o sobre porqué uno se ocupa afanosamente en esta tarea es deber, tener que decir algo también sobre la propia subjetividad puesta en juego en el acto de leer. Hablar también, como decía, de quedar estaqueado, transfundido, de -en ocasiones, frente a ciertos libros- no volver a ser la misma. Hablo de pequeñas hendiduras, que una nunca olvida y a las que se vuelve una y otra vez. Esta vuelta puede tomar la forma de una frase que inesperadamente irrumpe en nuestra memoria, desplazando cualquier otro pensamiento y pareciendo totalmente descabellada (¿a qué viene esto ahora?); pero nunca lo es. Cada tanto me pasa, que los primeros versos del poema El cuarto de María Kril me visitan… “¿Quién sos para decirme lo que se puede? Yo puse al desconsuelo de rodillas, atado, verde, en la puerta abierta. Cubrí con hojas su frío y amontoné un vocabulario de cintas desplegadas, de cuerdas, de tensas maravillas”. Y entonces me afirmo, me enderezo, recojo el desconsuelo y me digo que si aquella vez pude, esta vez también podré. O sentir por unos instantes, ante la sensación de no encajar, parada frente a mi biblioteca releyendo los fragmentos remarcados, que soy como Andrea, el personaje de Carmen Laforet en su maravillosa novela Nada. Y recordar libro en mano, o sólo recordar, rememorar el sufrimiento, la angustia de una vida ante el desconcierto de lo que se quiere, de hacia dónde ir llegados a un punto a Sylvia Plath en La campana de cristal. Sólo por estas cosas -que nunca se mencionan en las políticas públicas de lectura, que no son ‘académicamente traducibles’ (quizás sólo Michéle Petit ha interpretado y desarrollado este aspecto, el del peso de le lectura en la construcción de la subjetividad,  de manera brillante  y poética  a la vez, basándose en experiencias de lectura con personas de barrios marginales en Francia y otros lugares)- es que vale la pena insistir en promocionar la lectura.

 

                 Imagen tomada de la Web.

Pero en el orden de lo subjetivo, de lo íntimo, es necesario todavía mencionar algo más. La lectura tiene mucho que ver con el espacio, como sostiene Petit. Pero no sólo con ese espacio físico que buscamos para leer cómodos: tirados en la cama, en el sillón, a la luz tenue de una lámpara, en la plaza con el sol encadilándonos, en la frescura húmeda del césped de nuestra casa (descalzos claro, para que nuestros pies desnudos revuelvan pastitos a gusto y piacere mientras leemos). Leer tiene que ver con hacerse de un lugar propio, un lugar para meterse, para anidar. Un refugio. Algo así como ‘la casita’ que en nuestra infancia nos hacíamos debajo de la mesa, después de cenar o a la siesta, luego de almorzar. Cuatro patas y el mantel recién sacado, aún con olor a comida. O una sábana vieja partida en dos por una soga, sostenida, a veces con algunos broches de madera, haciéndonos las veces de carpa. O la casita en el árbol. Eso bastaba, para sentirnos guarecidos. Guarida, refugio, fortaleza. Es esta sensación de estar a salvo, -sensación del orden de lo físico, de lo emocional, de lo psíquico- la que nos devuelve la lectura, lo que se recobra con ella. Dice Pascal Quignard  en su bellísimo libro La barca silenciosa “Todos los vivíparos tiene su guarida. Es la idea de un lugar que no sería mío, sino yo mismo en persona” (citado en Leer el mundo, Petit). También Martín Garzo en su libro Una casa de palabras alude a esta metáfora “un cuento es una guarida, un nido”, nos dice. Y, una vez más Michéle Petit afirma que “los libros tiene que ver con la guarida, con esa ‘segunda piel’”. La invitación a encontrar refugios propios, personales, cabañas, guaridas, nidos  está hecha. Es cierto que esa misma sensación podrán algunos encontrarla en la música en la pintura, en el bordado, en la escultura. Pero los que sentimos pasión por la lectura no podemos más que invitar a leer, porque como dice Skliar, siempre estamos poniendo en medio de nosotros, de nuestra vida, la lectura.

 

 


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