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Memorias - Juan Klimaitis

Ritual y sacrificio

9:58hs
lunes 31 de octubre, 2016
Juan Klimaitis
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Si bien durante la adolescencia usé armas de fuego sobre aves y mamíferos silvestres, fue solo una primera etapa en el contacto con la naturaleza. Cruento, sin lugar a dudas, para el espíritu conservacionista que impera hoy día entre la juventud argentina. Camino que recorrí a medias tintas, sin llegar a transformarme en cazador profesional, con las técnicas y artimañas del oficio. Encauzado a capturar especímenes hasta constituir una importante colección para el actual Museo Ornitológico Municipal de Berisso, a poco de completar esa iniciativa, abandoné las armas para hacerme un más valioso divulgador de la vida de los seres en libertad.
De esos primeros momentos, guardo memoria de episodios donde aprendí a conocer personas y lugares. Así, por ejemplo, aquel día en el corazón de la tierra entrerriana, donde junto al doctor Zelich y vecinos del pueblo de Pronunciamiento, caminamos las orillas del río Gualeguaychú, procurando cazar carpinchos, el mayor roedor del mundo. Perros baquianos, carabinas 22 y un escenario de apretados pajonales y altiva selva en galería, acompañaron la travesía del grupo humano, pertrechado con la vitualla necesaria para soportar horas en el monte.
A poco de llegados en la “estanciera” y una camioneta, la jauría inició la búsqueda, abriendo surco de ladridos por el borde del agua. Un formidable sarandisal, refugio de carpinchos, era el objetivo de los perros; nerviosamente rastrillaban barrancas, bajadas y la urdimbre vegetal, olfateando con febril jadeo huellas y bosta fresca de su presa. Los hombres, apenas atrás, se movían con la velocidad permitida por el sotobosque sembrado de uñas de gato y zarzaparrilla blanca, cuyos garfios se hincaron en nuestros pantalones, intentando demorar el viaje y proteger a sus criaturas.
Yo, mientras tanto, observaba el accionar de los cazadores; más que usar el arma, procuré fotografiar los actores y el original contexto en el que cada cual desempeñaba su rol. Era mi primera experiencia cinegética, en el fondo nada más que un subterfugio para conocer los vericuetos de este tipo de batida, en un entorno por demás maravilloso e inédito para mi saber. Arboleda umbría, latigazos de ramas, urgencia por no perder el rumbo de los hombres, apurados ladridos violentando el siseo de las chicharras, disparos, chapoteo de cuerpos zambullendo, voces y gritos. Todo había terminado. Una enorme hembra de carpincho era izada a tierra por robustos brazos y amplias sonrisas.
Apenas un descanso para los comentarios, cuando Fellay, carnicero del pueblo y Barqueta, ambos con diestra muñeca, comenzaron a cuerear y despostar el cuerpo del animal, para así facilitar el traslado a hombro de muchos quilogramos de carne comestible. A pesar de la proverbial puntería del doctor Zelich y la envidiable habilidad de los cuchilleros, no se pudo evitar el malestar que produjo el hallazgo en la panza del animal, de varias crías que hubiesen nacido en pocos días de no mediar la ferocidad de la bala. No olvido la pena expresada por aquellos templados cazadores de fauna mayor, ante tamaña realidad. Se hizo el silencio alrededor nuestro, como despertando un bárbaro responso.
Cargué mis efectos personales y acompañé el retorno del grupo a los vehículos, desandando la senda entre rollizas matas de orquídeas de áurea floración, empapadas por minúsculas gotas de sol. Un aire de melancolía escoltó la marcha.


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