COLUMNISTAS

Memorias - Juan Klimaitis

Una salida al campo

12:07hs
domingo 18 de septiembre, 2016
Juan Klimaitis
11una-salida-al-campo

Henos aquí, en medio del pastizal húmedo de la costa ribereña. Las hojuelas emergentes de la gramilla, corresponden a una solanácea de curiosas flores blancas, popularmente conocida como “flor de sapo”. Inofensiva como el resto del paisaje sobre el cual caminamos. Empero, Tito Narosky, mi compañero con camisa a cuadros, calza botas de goma, utilizadas con asiduidad en su larga etapa como ornitólogo de campo. La razón, muy sencilla: resguardarse de serpientes y otras desagradables presencias durante la observación, momento en el cual pretendemos capturar imagen, colorido y comportamiento de la especie, olvidándonos del entorno. Y también, por supuesto, para conferir aislamiento, evitar mojaduras y minimizar golpes y tropezones.
Por fortuna, jamás tuvimos accidentes y a pesar de haber topado con muchos ofidios, la mayoría resultaron ser inocuas culebras y raramente algunas venenosas. Tito siempre fue precavido en este aspecto; incluso en tórridos veranos norteños, cuando al cabo de la jornada de marcha el quilogramo y pico de goma se volvía mucho más, por obra y milagro de la fatiga, él repetía como en un rezo al insinuarle las razones de su abatida marcha: –¡Más vale prevenir…!
Yo, en cambio, pocas veces las usaba, salvo en invierno, cuando había que atravesar terrenos anegados, barrosos o escarchados. En meses calurosos utilizaba zapatos o zapatillas, mucho más livianos de arrastrar, pese al lodo y los pantalones mojados… pero frescos. En época de bajas temperaturas, la profundidad de los charcos podía superar con facilidad el borde de las botas. Entonces… ¡había que cargar el peso del agua fría, procurando que la temperatura corporal lo calentase, para no sufrir aún más las inclemencias del clima.
Cubrirse la cabeza era un rito. El sol y los mosquitos, endemia del Plata, solían molestar la simple experiencia de caminar buscando aves. Tito, con su gorra y yo, con mi sombrero de fieltro y tul -al estilo de los exploradores de antaño-, protegíamos la integridad de nuestras cabezas con cabal certeza de sus bondades. Raído ropaje de tela fuerte, holgado, cómodo y con varios bolsillos para cargar pequeñas pertenencias, completaba la indumentaria de campaña, humilde pero efectiva. Todo en colores opacos, para no despertar el interés siempre fugitivo de los pájaros.
Y en las paradas para hablar, reflexionando sobre lo hallado, el presente y el futuro, con los prismáticos en descanso, sabíamos que la manera despreocupada de vestir, era otra forma de sentirnos felices.


Más columnas de Juan Klimaitis

SEMANARIO EL MUNDO DE BERISSO Ⓒ 2016 - Edición Dígital. Todos los derechos reservados.

Inhouse - Soluciones web