PROTAGONISTAS

Juan Minoián - Médico, dirigente de la AEE

Hijo dilecto de la comunidad armenia

19:47hs
jueves 28 de abril, 2016
Cerca de que su vida se agotara, Minoián celebraba 90 años junto a sus afectos
Cerca de que su vida se agotara, Minoián celebraba 90 años junto a sus afectos

En la tarde del domingo 7 de febrero de 2016, como desenlace de una prolongada afección, se registraba el fallecimiento del Dr. Juan Minoián, referente de la comunidad armenia en la Argentina y primer presidente, desde fines de los años ’70, de la Asociación de Entidades Extranjeras berissense, que en los últimos años lo había designado presidente “honorario”. Sus restos fueron velados en la Catedral Armenia “San Gregorio El Iluminador”, ubicada en el barrio porteño de Palermo, y sepultados en el Cementerio Británico.

“Fue un verdadero luchador por instinto propio y dejó su nombre en entre el de aquellos hijos de inmigrantes que hicieron que nuestra querida ciudad trascendiera sus fronteras”, mencionó al conocer la triste noticia Gerardo Apcarián, actual presidente de la Colectividad Armenia de Berisso. “Luchó por brindar testimonio acerca de la historia vivida por el pueblo armenio, sus padres incluidos, tras el atroz drama sufrido por el plan de exterminio sistemático organizado y perpetrado por el Estado turco en 1915”, expuso también.

Entre las funciones que Minoián desempeñó figuró la de médico de cabecera familiar, la de director del Hospital Larraín y la de mentor, junto a otros dirigentes, de la Asociación de Entidades Extranjeras, institución que presidiera por 23 años desde su fundación y desde la que luchara para que Berisso fuera considerada “Capital Provincial del Inmigrante”.

En una serie de notas publicada en septiembre de 2011 en nuestro Semanario, Minoián revelaba algunos datos jugosos acerca de su vida y la de sus padres, permitiendo conocer aspectos de una historia que compartieron numerosos armenios. La que sigue es la reproducción completa de aquellos escritos.

De puño y letra

Escribía Juan Minoián…

“Hemos arribado a septiembre, el mes más esperado de nuestra querida ciudad de Berisso. En esta fecha, ella se viste de gala para pregonar al mundo su alegría de vivir y su eterna gratitud a esta Patria grande que supo cobijar a sus inmigrantes y proporcionarles el hábitat, la cuna y las posibilidades de trabajo, estudio y progreso que sus países de origen, por distintas razones, no pudieron brindarles.

Llegamos a la 34ª Fiesta Provincial del Inmigrante. De los once grupos que originaron el primer encuentro, hoy son veintidós las banderas que flamean representando a las Colectividades que participan de estos festejos y año tras años su brillo es mayor.

Los pioneros fueron inmigrantes directos y argentinos de primera generación. Hoy casi todos los mayores se han ido y son los hijos y nietos los que han tomado la posta para mantener encendida la antorcha de la confraternidad. Pero en la vorágine de los acontecimientos, tal vez se pueden ir perdiendo los objetivos y motivaciones que originaron estas fiestas, si no las fijamos con el testimonio escrito, así como se perdieron las Actas que fueron entregadas al Presidente que me sucedió en el año 1999.

Como miembro fundador considero que es mi deber contar a las nuevas generaciones, cuando aún las fuerzas no me abandonan, este capítulo importante de la historia de Berisso, que integra la Historia de la Nación Argentina.

En mi relato se fusionarán mis dos roles: el de primer Presidente de la Asociación de Entidades Extranjeras y el de representante de la Colectividad Armenia. E invito en esta oportunidad a cada una de las colectividades a que narren los acontecimientos que motivaron la llegada de sus ancestros (algunos dramáticos, otros trágicos, ninguno turístico) a fines del siglo XIX y principios del XX. Estas referencias serán de gran valor para la posteridad.

Tuve un gran estímulo para iniciar este relato. Fue el hecho siguiente: durante el mes de julio próximo pasado se desarrollaron en el Centro Cultural Borges de la Ciudad de Bs. As. y organizado por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, las Jornadas Internacionales sobre genocidio del que participaron jóvenes científicos especializados en Antropología, Historia y Ciencias de la Educación, llegados de los  de cuatro puntos cardinales del Mundo. Se trataron todos los genocidios, tales como el armenio, el judío y el de los pueblos originarios de América.

Tuve la oportunidad  de estar presente y aportar a los investigadores profesionales las horrorosas vivencias que mis padres, de origen armenio, padecieron en manos del yatagán turco durante el genocidio perpetrado a principios del siglo XX y que se extendieron también a los pobladores griegos y asirios que habitaban en el Imperio Otomano, por el sólo hecho de ser cristianos.

Las narraciones diarias de mis padres, que como desahogo a su dolor, repetían y repetían, quedaron selladas a fuego en mi alma como si yo hubiera sido testigo de esas atrocidades. Sus ojos se traspusieron en los míos. Ellos ya no están, pero hoy yo puedo narrar, como si fuera en tiempo presente, sus agonías.

No son cuentos. Son una cruenta realidad que hay que multiplicar por la cantidad de víctimas y sobrevivientes que el Estado Turco aún persiste en negar.

Las nuevas generaciones, como el ave fénix que renace de sus cenizas, han brotado de los destrozos humanos que quedaron con el aliento para mostrarle al mundo en su descendencia, que el armenio existe, perdura y además se multiplica. Mi padre; Miguel Minoian, había nacido en Akn, a orillas del Eufrates. Mi madre, Haiganush Kehahian, era de Erzurum. Ambos únicos sobrevivientes de dos familias numerosas.

El 15 de febrero de 1915, el ministro de interior del gobierno turco, Taleat Pashá, tras la reunión con los “Jóvenes turcos” imparte la orden del exterminio armenio. No importa el método de aniquilamiento. Todo es válido. El armenio, por el sólo hecho de serlo, debía desaparecer, sin perdón para nadie.

La orden, por telegrama, llegó a todos los municipios, a las comisarías, a las unidades militares y gobernadores de las provincias bajo el Imperio Otomano. Con el agregado de, quien no cumpliera con este mandato sería castigado por el gobierno. Esto dejó como saldo la muerte de 1.500.000 seres que desde hacía más de 4000 años habitaban las tierras que Turquía usurpó.

Mi padre pudo salvar milagrosamente su vida en tres oportunidades.

Cuando comienzan las deportaciones desde Akn, él, a la sazón de 14 años, parte en la caravana con su familia integrada por su madre, su abuela, su hermana mayor viuda (al esposo lo habían detenido y matado una semana antes) con sus dos hijitas de 4 y 5 años y su hermano menor de 7. La excusa era que debían mudarse para mayor seguridad.

Un comisario del lugar se les acerca y diciendo descaradamente que cuando regresen se las devuelve, se apodera de las dos niñitas.

En el camino hacia el desierto de Der el Zor, después de 4 o 5 días de marcha sin pan ni agua, un kurdo se acerca a la madre y pide llevarse al joven Miguel. En primera instancia ella se opone, pero intercede la abuela diciéndole: “Déjalo ir, tal vez se salve”. Así queda separado de su familia a la que nunca más verá.

El kurdo, siempre caminando, lo conduce por la ruta del río Eufrates hasta llegar a Malatia. Allí había un orfanato americano al que mi padre sabía que habían llevado a una prima suya.

Durante ese recorrido, Miguel ve crímenes que se sucedían, madres a las que les quitaban sus bebés del brazo y los arrojaban al agua. En un trayecto del sinuoso y caudaloso río parece mermar la corriente; pocos instantes después, tras una vuelta, descubren el dantesco escenario de cientos de cadáveres amontonados que bloqueaban el paso de agua y la teñían de rojo.

Al llegar a la ciudad pasan por una feria atestada de gente. El kurdo le señala un rincón y le dice: “Espérame aquí, iré a inscribirte y regreso enseguida”. Quería anotarlo como hijo propio. Apenas se aleja entre la muchedumbre, Miguel escapa hacia el orfelinato y encontrando un orificio en la parte posterior del edificio, penetra en él. Afortunadamente su prima lo ve y se acerca de inmediato.

Apenas intercambian unas palabras y ella le dice: “Espera, te traeré algo de pan”. Al volver le anoticia que la policía lo está buscando. Sale inmediatamente y corre hacia su pueblo natal. Esta es la primera vez que se escapa y se salva.

Tras caminar un buen trecho arriba a su casa en Akn. Al abrir la puerta encuentra a su bisabuela de 98 años con vida.

No han transcurrido unas horas y caen dos gendarmes que lo detienen y lo llevan a un cuartel militar donde ya habían alojado a unos 400 jóvenes de entre 10 y 16 años. La bisabuela al despedirlo le da un buen trozo de queso blanco diciéndole: “Llévate esto, puede hacerte falta”.

Al día siguiente, Miguel observa que cerca de la puerta del cuartel, que estaba abierta, se ve una canilla.

A la hora del crepúsculo, se acerca al soldado de guardia implorándole que le permita beber agua pues está muy sediento y le ofrece una buena porción del queso.

El soldado acepta, le abre la puerta y le advierte que regrese enseguida.

Cuando gira para seguir su ronda, Miguel deja la canilla abierta y corre hacia las montañas.

Afortunadamente nadie lo sigue y él duerme esa noche a la intemperie.

Cuando amanece trata de regresar a su pueblo y en el camino ve que el cuartel del que había escapado está reducido a cenizas. Tras su huída los turcos lo habían incendiado con todos los niños adentro. Es la segunda oportunidad que escapa de la muerte.

Al arribar al pueblo, un vecino turco padre de una niña y un varón, lo cobija diciéndole: “Tranquilízate, yo te voy a cuidar”. Así arriba al año 1916. Un día aparece un amigo de su protector, con la noticia de que los rusos han ocupado Aní y Erzurum, y la población, asustada, está huyendo de la zona este.

Al ver al joven Miguel, le reprocha a su protector el tener un “gueavur” (infiel) en su casa. Este le responde que lo va a cuidar pues le debe muchos favores a su padre, con el que había mantenido una buena amistad.

Pero los gendarmes se enteran y lo vuelven a detener, incorporándolo a una caravana de 70 jóvenes armenios, que era conducida por unos 12 soldados de caballería armados hacia las montañas de Anatolia.

El camino era sinuoso, y le llama la atención que un chico se hace el rezagado y en una de las curvas desaparece. Poco después observa a un conocido, vecino de Akn, hacer lo mismo. Se anima y en la curva siguiente desaparece él, durmiendo nuevamente a la intemperie.

Al despertar por la mañana emprende la caminata para arribar al pueblo vecino. Pero tras un breve trayecto otro dantesco espectáculo se abre a su vista: todos los jóvenes de la caravana habían sido fusilados o degollados en un valle.

Es la tercera vez que se salva. Está aterrado. Busca un turbante blanco y se lo enrosca en la cabeza. Así retoma el camino hacia su pueblo. Pero arriba a uno vecino llamado “Los Hornos” (Furundji Koy).

Allí estaban en busca de un panadero. El había aprendido el oficio colaborando de niño con su padre. Se ofrece inmediatamente, y es aceptado. Los jefes del pueblo le adjudican un horno, y le entregan la harina diaria para que él fabrique el pan para el pueblo. Se convierte en el panadero oficial.

Así se suceden los días. En esta oportunidad, todas las mañanas asoma la cabeza por la ventanilla del local un individuo barbudo y harapiento solicitando un trozo de pan.

Miguel siempre lo satisface, hasta que pasados 15 días el mendigo le pregunta en idioma armenio: “Tun hay es?” (Eres armenio?). Mi padre le responde: “Sí, pero cierra la boca; si los turcos se llegan a enterar nos matan a los dos”.

La rutina dura hasta el día en que mi padre abandona este trabajo. En el ínterin conoce a mi madre. Ella de 13 años de edad, la hermana de 19 y su madre han integrado una caravana que luego de varias semanas de caminata arriba a Akn. Allí las ve un oficial turco y pretende llevarse a la hermana. Como la madre ofrece resistencia, saca el sable y la mata. La hija se arroja enloquecida sobre su madre. El oficial pretende arrebatarla, pero como no logra su objetivo, desenvaina nuevamente el sable y la degüella sobre el cadáver.

Haiganush presencia horrorizada toda la escena, y corre desesperada calle abajo metiéndose por la primera puerta que encuentra. Da en suerte con la viuda de un militar turco que apiadándose de ella la cobija en su casa.

Allí permanece durante un año y medio, actuando de mucama y jardinera, oficio que entendía pues su padre había sido agricultor. Es bien tratada en esa casa.

Contaba ella que un día la patrona la lleva hasta una acequia cercana y le indica que tome la zapa y desvíe la corriente del agua para poder regar su quinta. Ella ya tenía 15 años. Mientras está cumpliendo la orden aparece un turco de unos 60 años que la reprende por lo que está haciendo. Cuando le dice que su patrona la envió para desviar el curso del agua, el hombre blandiendo un látigo la amenaza con estas palabras: “Pero gueavur, todavía te atreves a contestarme?. Vete de aquí inmediatamente o te azoto”.

Como ya no tenía nada que perder, ella se arma de coraje, levanta la herramienta y le responde furiosa: “Si me llegas a tocar, partiré tu cabeza con esta zapa”. El turco arrugado se aleja, y ella termina su misión.

Hemos arribado a 1918, año en que se firma la paz y hay una relativa calma en el ambiente. Miguel y Haiganush ya se conocían, cuando aparece un primo de él, Margós Herian, que se había salvado permaneciendo escondido durante 4 años. Entre los tres deciden abandonar Akn. Consiguiendo un asno para cargar sus pocas pertenencias, caminan hasta el Mar Negro. Allí toman un barco petrolero, de la empresa “Mantachoff”, que hacía la ruta Batum-Constantinopla y arriban a esta ciudad.

Juan Minoián

Aquí en el año 1919 se casan. El tiene 18 años, ella 16. Poco después son padres de un varón. El se dedica a la venta callejera de cordones de zapatos y más tarde entra como dependiente de una joyería.

Estando en la ciudad, Haiganush ve al oficial que asesinó a su madre y a su hermana. Lo denuncia a las autoridades aliadas que en ese interín habían ocupado Constantinopla. El oficial es juzgado y encarcelado.

Se acerca el año 1923. Kemal Ataturk ha organizado un ejército con el que vence a los aliados, que se están retirando. Kemal libera al oficial. Temerosos de que a Miguel lo enrolen para hacer el servicio militar, deciden emigrar hacia la República Argentina.

Mi padre sale primero de Turquía y llega a Marsella. Allí, caminando por el puerto, se topa con el primer joven del grupo de 70 varones que conducían hacia las montañas de Anatolia y se escondió en una curva del camino salvando su vida. La alegría del encuentro es indescriptible.

Miguel sigue su camino hacia el Atlántico. En tren llega a Cherburgo y ahí embarca rumbo a Buenos Aires. Arribado a la ciudad, busca el salón de la calle San Juan, donde se iba formando la pequeña colonia armenia.

Aquí vive el segundo emocionado encuentro con el otro joven de la caravana que se escondió entre las montañas. Este era Marcelo Shahinian, quién pasado los años llegaría a ser dueño del cine “Grand Bourg” de Villa Urquiza.

Un tercer encuentro fortuito se produce en la localidad de Valentín Alsina, veinticinco años después de llegado al país, cuando durante la celebración de una boda, se le acerca un señor correctamente vestido y le dice: “¿No me reconoces?. Yo soy el harapiento que todos los días te pedía pan desde la ventana del horno”. Ahora era el propietario de una fábrica de calzados.

Miguel es de los primeros armenios que se radican en Berisso, localidad que ofrecía posibilidad de trabajo a los nuevos inmigrantes.

Desde allí solicita el arribo de su esposa e hijo que habían quedado en Constantinopla al amparo de la familia Chilinguirian, padrinos de su boda, quienes hacen los trámites del viaje, y la ponen en vinculación con parientes del mismo apellido que habían emigrado anteriormente a Uruguay.

Pero sus pesares aún no habían terminado. Durante el viaje en altamar, el pequeño, que ya tenía 3 años, contrae sarampión y fallece al arribar a Montevideo. Haiganush entierra a su hijo en esa ciudad, y vía Salto, entra en forma clandestina a la República Argentina. Estamos culminando el año 1923. Un año después rehacen la familia, que se ve bendecida con la llegada de tres vástagos.

Afortunadamente, yo nazco en estas tierras de libertad. Soy platense y pertenezco a la primera generación de descendientes. Siempre me he admirado por la recóndita fuerza con que Dios dotó al armenio para superar tanto sufrimiento físico y dolor emocional, seguir adelante y salir airoso.

Dejo a la imaginación del lector el pensar sobre las vicisitudes padecidas en toda su ruta, encontrándose con idiomas desconocidos, culturas diferentes, y estrecheces económicas.

Mis padres fueron de aquellos que se animaron a contar su desgarrante padecimiento (muchos otros permanecieron mudos por el impacto recibido); pero no legaron odio ni rencor, sólo el ansia de reivindicación de sus derechos.

A pesar de su escasísima posibilidad monetaria y cultural, supieron inculcar en mí valores éticos y morales necesarios para llegar a ser en la vida un hombre útil.

Crecí y me desarrollé profesionalmente en la ciudad de Berisso, oficialmente reconocida como la localidad de la provincia de Buenos Aires que mayor cantidad de colectividades extranjeras aglutina. Por eso fue nombrada: “Capital Provincial del Inmigrante”.

Mi especialidad fue la medicina, que dada mi edad ya no ejerzo. Hice también estudios en las carreras de Filosofía y Letras, Biología, e Historia.

El bagaje cultural que pude acumular me permitió comprender el dolor diferente que subyacía en cada grupo de allende los mares, que había arribado a estas tierras de promisión en los comienzos de la centuria pasada en busca de la paz que les permitiera desarrollar su porvenir y educar a sus hijos.

Apenas instalados, todos buscaron a los seres afines en su esencia telúrica (siempre es la raíz la que mantiene erguido al árbol). Así se fueron formando pequeños núcleos sociales de vecinos italianos, yugoeslavos, ucranianos, españoles, rusos, griegos, polacos, armenios, etc., para cantar sus propias canciones, escuchar y bailar su música, degustar sus propios platos y consolarse mutuamente.

Pasó el tiempo. Los vecinos disfrutaban de las fiestas recíprocas. Comenzaban a sonreír, dejando atrás los días de continuo dolor.

Estos movimientos fueron fortaleciendo el espíritu de pertenencia. Había llegado la hora de institucionalizar estas actividades de colectividades.

Comprendí que era el momento oportuno cuando, en la década del ’70 comenzó la crisis de los frigoríficos, principal fuente de trabajo de la ciudad de Berisso. Debía aparecer un objetivo estimulante para que no decayera el ánimo de la población.

Varios vecinos nos reunimos desde el año 1976 para madurar esta moción, hasta que, junto con Sofía Rapi, miembro de la colectividad Albanesa, Stella Loholaberry de la Colectividad Española y Carlos Ruiz de la Colectividad Eslovaca, creamos en 1978 la “Asociación de Entidades Extranjeras de Berisso” y nacieron formalmente las “Fiestas del Inmigrante”, que se desarrollan durante todo el mes de septiembre.

Año tras año fueron creciendo. Su fama trascendió las fronteras de la provincia, gracias también al apoyo incondicional de las intendencias  municipales y los gobiernos provinciales.

Desde su gestación y por 23 años consecutivos fui designado para presidirlas. Son un verdadero canto a la vida. Lo que hoy observo me llena de satisfacción y orgullo.

¡Este es mi homenaje a todos los sobrevivientes de las barbaries genocidas!”.


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