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Jerónimo Corregido: El año en que la utopía selló el pasaporte

21:29hs
martes 9 de enero, 2018

Escritor y traductor público en inglés, Jerónimo Corregido cumplió en 2017 el anhelo de visitar “Kiribati”, exótico archipiélago condenado a desaparecer bajo las aguas.

Para sobrevivir, Jerónimo Corregido se pone el traje de profesor o el de traductor público en lengua inglesa. Puede ser también oficinista, mozo, cocinero, recepcionista, o lo que las circunstancias exijan. En cambio, no podría vivir sin escribir. Tampoco sin viajar.

La larga marcha en curso -de epílogo aún incierto- lleva alrededor de dos años. La ruta tocó primero Turquía, España y Wuppertal (Alemania), en donde estudió becado. En los últimos meses incluyó paradas en Fiji y Hanoi (Vietnam) y en los últimos días una despedida de año en Buzios (Brasil).

A mediados de 2017, y con Nueva Zelandia y Australia como trampolines, la bitácora se pobló de increíbles vivencias en Kiribati, paraje planetario que lo signó desde que lleva en la espalda tatuada su bandera, junto a la palabra Utopía, que en griego significa algo así como ‘no hay tal lugar’.

“Desde los ocho años tengo a Kiribati como meta y sueño en la vida. Cuando el calentamiento global triunfe y la isla por fin desaparezca (se especula que el momento llegará dentro de unos cincuenta años) mi sueño estará, efectivamente, en ningún lugar”, advierte.

Llegó siguiendo la pista de Robert Louis Stevenson -uno de sus héroes-, quien vivió en la isla de Abemama y describió su estadía como huésped del rey Tem Binoka en el libro In the South Seas. “La gente de Abemama recuerda a Stevenson como a uno de sus próceres. Se dice que el sanguinario Tem Binoka lloró cuando Stevenson partió de allí”, revela volviendo sobre sus pasos luego de visitar aquel lugar en que el tiempo parece haber pasado muy lento.

Azar o destino, en Tarawa (atolón capital de Kiribati) conoció a una descendiente del citado rey, quien junto a su familia lo transformó en un huésped preferencial. “Cuando llegué me senté a almorzar y le conté a la chica que me trajo la comida que quería ir a Abemama por Stevenson. Enseguida se levantó, hizo dos llamadas por teléfono y me llevó a su casa. Era la tataranieta de Tem Binoka y con su familia viví todo mi tiempo allí”, narra.

En su estadía, participó en Taratai (al norte de Tarawa) del 125º Aniversario del fin de las guerras tribales, con honores como los que podrían dispensarse a un diplomático extranjero. Cenó durante cuatro noches en la maneaba (consejo de ancianos), se le asignó una buia (especie de choza o barraca) y fue presentado a ministros y autoridades de Cambridge que llegaron para la ceremonia en que se recordó al capitán Davis.

El 12 de julio se sumó a la celebración del Día de la Independencia en Bairiki y dos días después llegó por fin a Abemama, donde se entrevistó con el tío de sus anfitriones en Tarawa, considerado hasta el día de hoy ‘rey nominal’ de la isla.

Una bandera diferente

Nacido y criado en el barrio del Club Vostok, el Instituto Médico Argentino y el CEYE, Corregido fue alumno del Parroquial y de la Facultad de Humanidades de la UNLP, de donde también egresó su novia Agustina Petroff, con quien comparte profesión y coincide varias veces al año en alguna parte del mundo.

La conexión con Kiribati, explica, se remonta a los primeros años de escuela primaria, época en que junto a su amigo Santiago Benítez dibujaba banderas del mundo. “La de Kiribati es distinta a todas las demás. La gran mayoría de las banderas representan arbitrariamente la identidad nacional, pero en este caso lo hace ‘gráficamente’, porque lo que muestra la bandera es lo que el país es”, expone.

Llegaron luego los relatos de Stevenson, las espeluznantes historias de los archipiélagos del Pacífico y el sueño de tener algún día la posibilidad de contar desde allí alguna aventura en primera persona. “Estaba convencido de que la única cosa noble que podía ser cuando fuera grande era escritor y aventurero, como Stevenson”, confiesa.

En aquella geografía, no es frecuente la presencia de visitantes latinoamericanos. Marineros salvadoreños y venezolanos tocan puerto muy ocasionalmente y hace unos años, una chica argentina llegó por un mes para enseñar inglés. No mucho más que eso.

No obstante, en su estadía, Corregido escuchó con frecuencia una expresión en español, el ‘Oie chico!’ que adoptaron para saludarlo los médicos del lugar, formados en Cuba.

Crónicas de la vida en ultramar

En Kiribati, cuenta Corregido, uno puede hacerse de un coco sencillamente trepando al árbol. Sin embargo, casi no se come otra cosa que pescado. Eso lo obligó a poner en stand-by su vegetarianismo.

La lengua local, describe, se llama kiribati. La grafía ‘ti’ está asociada al sonido de nuestra ‘S’, por lo que a oídos argentinos, el nombre del país y el de su idioma suena ‘kiribás’.

“En la calle, la gente solo habla su lengua. Muchas personas no saben demasiado inglés. Aprendí durante mi estadía a terminar las conversaciones con un educado korabwa (‘gracias’), de modo que la gente se quedó contenta con este I-matang (‘extranjero’)”, bromea.

Desde su perspectiva, la vida en el sur de Tarawa, donde se concentra el 80% de la población del país, no difiere demasiado a la de una persona en Buenos Aires. “Mucha gente va a trabajar en las combis que conforman el sistema de transporte público, vuelve a sus casas, revisa Facebook y se va a dormir”, describe.

Es distinta la situación de los pobladores (unos cuantos en proporción) que no tienen trabajo. “Los hombres salen a pescar o venden copra (pulpa seca del coco) que ahora se paga unos dos dólares el kilo, es decir una verdadera fortuna para los locales. De otra forma, se pasan el día tirados en sus buia esperando que algún trabajo les caiga del cielo”, menciona Corregido.

El papel de las mujeres, advierte, también es allí vital. “Ellas atienden los quehaceres domésticos, cuidan y crían a los nenes, cocinan, gritan órdenes y mantienen el país en pie”, observa al respecto, aunque marcando que, paradójicamente, son víctimas de ‘la más abyecta tradición patriarcal’. “El objetivo de su vida no puede ser otro que casarse y tener hijos, y una vez casadas se convierten en las esclavas de sus esposos. La violencia de género es uno de los principales problemas del país”, indica, revelando que una forma que para protestar contra esos abusos se adoptó en los últimos tiempos es la de usar indumentaria negra los jueves.

Apenas aparece el sol, en las islas se hace difícil dormir. Y al berissense le resultó más difícil mientras se hospedó junto a una escuela primaria. “Desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde, los chicos no hacen otra cosa que cantar. Es algo que me parece bastante saludable”, observa no obstante.

Otro hábito en el que repara tiene que ver con las costumbres de los lugareños a la hora de beber. En ese campo, revela que apenas tienen algo de dinero, los hombres compran cerveza o kava (preparada a partir de una raíz, de consumo extendido también en Fiji y Vanuatu). Mientras el exceso de la primera suele generar contratiempos, el de la segunda produce efectos relajantes, terapéuticos y espirituales. De hecho, los bares de kava son, a los ojos de Corregido, “un lindo lugar de encuentro los viernes en los que se cobra el salario, cada dos semanas”.

Desanclado

Tras el cuatrimestre durante el que -a inicios de 2016- estudió en Alemania, Corregido voló a Nueva Zelandia para encontrarse con novia y amigos. Llegó en agosto a Queenstown, sin dinero y sin trabajo. Siendo temporada baja para el turismo, las oportunidades no parecían demasiadas. Por eso decidió tentar a la suerte en Melbourne (Australia), en donde consiguió trabajar en un parque de diversiones itinerante. Fueron pocos días, pero lo recaudado sirvió para cubrir gastos varios y volver a Queenstown, en donde en octubre lo esperaba un empleo en una empresa del rubro alimentario. Allí terminaría de pergeñar su excursión a Kiribati.

“Pasamos ocho hermosos meses en Queenstown. Vivíamos en una casa enorme. Éramos una familia unida de doce latinos, con los que aún tengo un vínculo fluido. Nueva Zelandia es un país para aventureros que no quieran contraer malaria ni ser raptados por el ISIS. Uno puede manejar a lo largo de rutas perfectas entre montañas majestuosas y en el medio de esas soledades encontrar baños públicos impecables, como por obra de magia”, asegura.

En todo este tiempo, nunca abandonó su pulsión por la escritura, según sostiene razón de vida inspirada en figuras como las de Tolkien y Cortázar. Ciudadano del mundo, continuó con su producción de cuentos, ensayos y poemas en la Revista literaria “Gambito de papel”, que se edita en la región desde 2014. Ahora proyecta además publicar la novela “Serendipidad” y tal vez un compendio con crónicas de viajes.

“No me radicaría en ningún lado. Me encanta ir a un lugar y saber que tengo allí amigos y familiares, y saber que siempre puedo volver. Tengo varios de esos oasis en el mundo y cada vez que pienso en ellos me lleno de alegría”, asevera desanclado, con otro lugar al que volver, al menos en los próximos cincuenta años, antes de que la profecía líquida se cumpla.


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