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Argentina Anónima: Maradona, un ejemplo de vida a seguir

11:37hs
domingo 4 de noviembre, 2018

Por Juan Francisco Klimaitis

La humanidad suele dar al mundo, en muy especiales ocasiones, personajes que promueven la excelencia de esa virtud que es la felicidad por la existencia. Son seres a los que el destino tocó con el mágico, acaso misterioso encanto de predicar con su ejemplo de trabajo, palabra segura y tenacidad a lo largo de los años, sin sucumbir ante los embates que la propia vida les impuso en su marcha. Argentinos de noble raza que han sabido aportar a su patria, valores inclaudicables para nuevas juventudes y generaciones por venir, al dejar una herencia imperecedera de honor, franqueza y sobre todo, paradigma ante la inevitable y siempre existente mística urbana de toda corrupción.

Arquetipo moral procedente de una familia de responsabilidad social y excelsa argentinidad, le cupo cierto día, quizás ineludible destino, el azar o un evento derivado de causales meramente religiosas, descender de un tren con destino a Salta, para efectuar un forzoso transbordo, en un menudo poblado de Formosa de nombre Estanislao del Campo, con la finalidad tan solo de “estirar las piernas” tras largas horas de marcha. Ni bien ocurrido ello, un grupo de personas se apersonó a la estación preguntando a gritos “si algún pasajero se animaba a asistir a una parturienta en estado de gravedad”. A sabiendas que el tren demoraría dos o tres horas en partir, “tomé mi maletín y subí a un sulky. Por caminos por más vueltas que itinerario de ñandú” llegó a destino. “El parto fue difícil. La parturienta estaba en verdad grave. A mano saqué esa criatura, una nena”. Tal el comienzo de la historia del doctor en medicina ESTEBAN LAUREANO MARADONA. Corrían los finales del año 1935. Tras el nacimiento, atendió a la parturienta quien tenía eclampsia y sufría violentas convulsiones. El médico la trató con medicinas que portaba y detuvo la hemorragia. Madre e hija fueron puestas a salvo.

Tras ello, regresó a la estación para sacar boleto para el día siguiente  Una multitud lo esperaba en el andén: “Un curador está aquí”, exclamaba a viva voz. “Un indiaje astroso, bárbaro. Patente, recuerdo algunos rostros como de animales chúcaros, ariscos y, al mismo tiempo, graves, profundamente necesitados (sic)”. “En fin, mi historia es simple. Me arremangué, empecé a atender; y me quedé con ellos durante cincuenta años”. Tal lo expresado en sus cartas, relatos y memorias, que fueron recogidos por centenares de reportajes periodísticos, conferencias, charlas personales y la edición de sus propios libros y de aquellos otros aún inéditos.

De carácter austero, baja estatura, vestimenta conservadora, sin estridencias como todo en él -camisa blanca, típico moño  y sombrero aludo-, pero aspecto señorial, supo vivir ese medio siglo en una vivienda rústica, de interior espartano, tal cual deseaba para sí y su personalidad. Apenas lo necesario para subsistir y lo apropiado para rescatar a los habitantes de aquel paraje desterrado del país, de la enfermedad y del drama de la indigencia más pertinaz. La lepra en particular, fue su particular lucha, a la cual supo desterrar con integridad y fortaleza de ánimo. Se convirtió así en el “médico de la selva”, como fue llamado de allí en más por dicha comunidad, inmersa como estaba en lo más profundo del monte abrupto. Fue así que recorrió la inmensidad de aquel territorio abandonado de todo gobierno, sufriendo días y noches de zozobra por intensos calores, sol implacable, tierra tan polvorienta como el talco más fino, lluvias intensas que convertían los caminos inexistentes en lodazales impenetrables, torbellinos de vientos imprevistos, salvaje espinal de los arbustos y el verdugo vinal. Solo para cumplir su misión: aliviar el dolor de los más olvidados, curar sus heridas y salvaguardar su espíritu con su misma solidaridad, mano franca y charla de amistad. Y lo hizo muchas veces, a menudo sin dormir, sin comer y durmiendo a la intemperie.

Durante la llamada guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay, en los años 1932 a 1935, el Dr. Maradona había estado presente atendiendo a las lacerantes víctimas de los horrores de dicha contienda. Al término del conflicto, renunció a sus sueldos paraguayos y sus ahorros, para la construcción de la Colonia de Leprosos de la Isla del Cerrito.

Mientras el mundo asistía a notables transformaciones, avances tecnológicos, cambios económicos y políticos, este hombre proseguía en silencio su faena humanitaria en un pueblito relegado del mapa, en bien de sus semejantes, a puro gusto, sin que nadie se lo impusiera, inducido solo por su fuerza interior. Y lo hizo a favor del aborigen, cuando con sus propias palabras expresa: “El indio es el poblador autóctono de esta llanura inmensa cubierta de montes. El descendiente directo y depositario único de una herencia cuantiosa que arranca de las más remotas épocas de que se tenga memoria”.

Sus horas libres las dedica a la observación y descripción de la flora y la fauna formoseñas, en magníficas obras con significativos datos de indudable valor científico. Muchos fueron sus esfuerzos, además, por develar los enigmas de las ciencias naturales. En considerables aspectos él mismo reconocía que era un autodidacta, por no contar con el material bibliográfico necesario para profundizar su conocimiento en dicha materia. Fue ante todo, un humanista por antonomasia. Su pensamiento y labor estuvieron impregnados de misericordia, dedicados a curar al hombre en cuerpo y en alma. El mismo opinaba sobre los cambios que se producían en el mundo, que “tanta técnica ha traído la barbarie, que no es lo mismo que salvajismo. Es la deshumanización”. Tanto le interesó la medicina, como la biología, la historia, la lingüística, la antropología, la sociología, el periodismo y varias otras disciplinas, sobre las que escribió y contribuyó con sus estudios.

A medida que su tarea como médico rural se iba conociendo en el país, comenzaron a llegarle invitaciones de distintos lugares, aparte de reportajes gráficos, radiales y televisivos, de los que fue siempre renuente a presentarse por saberse un humilde médico de pobres e indígenas, a los que dedicaba toda su atención. Siempre buscó ser un sencillo hombre de trabajo, apenas un obrero al servicio de los dolientes. Recibió distinciones, diplomas, medallas de honor, a los cuales si bien agradeció, no los consideró como por no ser merecedor de tales homenajes. Su humildad fue auténtica en todo momento. Cuando fue reconocido internacionalmente y propuesto con justicia al premio Nobel, que no se lo concedió en última instancia y al que él soslayó indeclinablemente, apeló a ser un desconocido universal que solo fuese recordado en las aldeas humildes que tanto amó, curó y salvó.

Muchos premios de dinero que se le concedieron, todos fueron donados a distintas instituciones de salud. Nunca quiso ser famoso, ni siquiera conocido más allá de su medio donde había abordado su vida total. “Yo no descubrí nada, ni inventé nada, y si algo me prestigia, es el de haber cumplido con el juramento hipocrático”. Tampoco quiso ser equiparado a Albert Schweitzer o Mahatma Gandhi porque “yo no puedo aceptarlo, porque dista mucho trecho para llegar a esa altura. Mi obra es bien modesta y jamás pretendí emular a nadie”. Prefirió siempre el silencio del campo al ruido de las ciudades, condenándose él mismo a ese ostracismo voluntario, oscurecido por su retracción a la selva y el anonimato. “Después de tener tantas cosas, el hombre puede encontrar un desierto espiritual”, supo decir.

En 1986, con 91 años de edad -había nacido en Esperanza, provincia de Santa Fe en 1895-, tan silenciosamente como sobrevino a Estanislao del Campo, marchó del lugar en colectivo en compañía de un amigo hasta Formosa capital y de allí a Rosario, donde lo iban a alojar sus familiares. Enfermo y ya envejecido física, pero no espiritual ni intelectualmente, supo bregar hasta llegar a rozar los 100 años de edad, donde en 1995 dejó de pugnar por el mundo, persistiendo hasta último momento en revisar sus apuntes y estudios, corrigiéndolos y mejorándolos. Una persona íntegra que llegó a escribir “Los políticos nos cantan verdades, nos descuentan un triunfo y todos en fin, nos regalan bellas literaturas de sus programas”. Y de allí advino, también, muchos años ya, su prejuicio de ellos al saberlos capaces de corrupción, un mal hoy en día muy en boga. “Los privilegios -dijo para él- son solo pompas de jabón que nunca merecí y en las que no creo”.

Un Esteban Laureano Maradona médico y filántropo, único en su concepción, que si bien ha sido recordado en avenidas, plazas y bustos en provincias norteñas, sigue siendo un adalid de la verdadera humildad, trabajo y perseverancia como notable contribución a la causa de todo bien y justicia. Estímulo necesario para que continuemos su recordación y más que ello, saber imitar su idoneidad, constancia y búsqueda de entrega sin desear la presea dorada como única recompensa. Solo cabe el deber de efectuar correctamente la labor que nos atañe por vocación, profesión o sencillamente, como miembros de una sociedad en permanente evolución.


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