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Memorias - Juan Klimaitis

Harapos de ley

9:12hs
martes 23 de agosto, 2016
Juan Klimaitis
09Harapos de ley

Al hacer un recuento de las diferentes etapas que atravesé como naturalista, no dejo de evocar la vestimenta de campaña que usé en esos años de gran empeño y emociones. Así, puedo hacerme una idea del período en que, bajo la tutela matriarcal visitaba la chacra de mi padrino en Los Talas, patria de aquellas primeras correrías. Diestro en el manejo de la gomera, fabricada con horqueta de un árbol nativo, desandaba esa Babilonia de hortalizas, embutido en la clásica jardinera y las zapatillas de goma de mi primigenia indumentaria de campo, incluyendo la gorra con visera que me inmunizó de insolaciones y resfríos, según el sabio criterio de mi madre.
Superados los pantalones cortos, que inevitablemente usamos en la niñez, llegaron los vaqueros de casi indestructible tela, facilitando el desplazamiento en el espinal. La fase intermedia introdujo prendas caídas en grave desuso, que supieron conocer mejores épocas de cumpleaños, casamientos, despedidas y otras fiestas familiares: rotoso pulóver oscuro, para aplacar el frío amanecer o hacerme invulnerable al aguijón de los perpetuos mosquitos de la ribera; camisa de similar cualidad, siempre y cuando tuviese cuello raído y careciese de elegancia para hacer juego con la corbata; campera deshilachada, de codos transparentes… Y todo, del color de la tierra, el pasto y los demás elementos del universo, contra el cual me camuflé para no espantar las aves. ¡Qué no habrán dicho los ocasionales transeúntes, al mirar de soslayo mi tránsito por esos caminos de Dios!
Para rematar la imagen de linyera que asumí con arrogancia, cubría mi cabeza con sombrero de fieltro o paja de anchas alas, cuya procedencia aún hoy ignoro. El calzado, compuesto por zapatos de suela o ligeras zapatillas desflecadas, fueron los componentes más sufridos de todo el uniforme: se dolían en los charcos profundos, sin reparar en el lodo, los pozos ocultos y la bosta fresca de cierto inopinado vacuno, que no quedó indemne a mis justos improperios…
Capítulo aparte eran los accesorios que cargaba según fuese la actividad a cumplir: prismáticos, libreta, lapiceras, caramañola con agua de lluvia y bolsa atravesada sobre el pecho con alimentos, cámara fotográfica, rollos, frascos de colecta entomológica, cartuchos, repelente y otros pequeños adminículos de cuestionable valor. De la cintura pendía ancho cuchillo de monte para cortar ramas en escaladas arbóreas, cuya vaina de cuero estaba revestida con pelambre de comadreja overa; el rifle 14 -cuando aún capturaba especímenes para el actual Museo Ornitológico Municipal de Berisso- iba doblado en bolsa de arpillera al cruzar áreas críticas, para luego colgarlo del hombro; en ocasiones, llevaba trípode para lograr adecuadas imágenes de nidos y otras aproximaciones, así como aditamentos no menos heterodoxos. Las botas de goma se hicieron indispensables en jornadas de bajísimas temperaturas, escarchas o rocío, pero su empleo en extensas marchas duplicaba al cabo de horas, cansancio y peso del bagaje transportado.
Tiempo, allá por la década de los 70’, de rudas prendas y ásperos hilados, donde la holgada y resistente vestimenta deportiva actual, ni siquiera era soñada y menos, todavía, pensada para esos menesteres exploratorios. Parecíamos caricaturas urbanas puestas de improviso en la naturaleza, para seguir la rutina de la actividad diaria. Sin embargo, la ropa con la que nos “disfrazábamos”, fue tan secundaria como los males de la sociedad que dejábamos atrás en el instante de observar aves. Bien sabíamos que lo principal pasaba por nuestra pasión e intenciones, como quien ama y se entrega sin reservas a los embates del porvenir, sin cuestionarlos.


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