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Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

Introducción: de qué hablamos cuando hablamos de viajar

12:55hs
domingo 2 de febrero, 2020
Jerónimo Corregido

Esta sección intentará tratar sobre viajes. Sin embargo, antes de comenzarla, me parece necesario incurrir en la pulsión socrática de definir de qué hablamos cuando hablamos de algo: ¿de qué se trata, en este caso, viajar?

Ciertamente no de tomarse vacaciones. Las vacaciones son un concepto burgués que está directamente vinculado al fomento de la industria del turismo y a la perpetuación de la moral del trabajo; son la necesaria ruptura interna del orden que las sustenta. Eso se puede ver en la cantidad de cronogramas -a menudo invisibles- que ordenan la conducta de los turistas: una organizada serie de productos, actividades y estructuras de sentir que sistematizan el comportamiento. Las vacaciones, como período opuesto a la productividad, se vuelven parte intrínseca del trabajo: una etapa garantiza la otra, y ambas pueden generar estrés y satisfacción en igual medida. En cuanto al turismo, se trata de una industria que no produce nada por sí misma; es una maquinaria de consumo de recursos y banalización de la geografía. Todo lo mágico de un lugar se pierde cuando progresa la industria. Allí donde había una montaña, ahora hay un modo de subirla; donde había una playa, hay un modo de pasar el tiempo. El turismo estructura la actividad de las personas para mantener un patrón de conducta: todo el mundo va a los mismos lugares y cuenta las mismas cosas porque así está establecido.

La idea de viaje que intentará sostener esta sección, entonces, es más cercana a lo que se entiende por «travesía», que viene del latín traversus y que está relacionada con estar a través de los lugares y las cosas, más que en los lugares en sí. La travesía propone salirse permanentemente de todo punto de partida, para escapar lo más posible de los modos de conducta hegemónicos y preestructurados. Este tipo de viaje, como ya se habrán dado cuenta, puede ser tanto geográfico como mental; es decir, la travesía no solo se refiere a un desplazamiento por el espacio, sino que puede ser entendida como un modo de experimentar las cosas: a través de ellas, y no en ellas mismas. De esta manera, se puede notar el movimiento de la realidad, y percibir que nada es de un solo modo y que ningún objeto está en verdad estático: todo es discontinuo y maleable, los lugares, las relaciones, los mismos sujetos que atraviesan las experiencias.

Un gran viajero francés, Arthur Rimbaud, escribió: «Je est un autre», yo soy otro. Para dejarlo más claro, agregó: «Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya». La discontinuidad está en todos lados, incluso en nosotros mismos. ¿Quién podría garantizar que la identidad se mantiene imperturbable, o que existe alguna esencia que trasciende todo cambio? La travesía es el modo de experimentar esa falta de unidad, esa incoherencia con uno mismo que, paradójicamente, hace que uno mismo sea quien es. Mientras que en las vacaciones los modos de sentir vienen empaquetados de antemano, en la travesía cada suceso nos revela nuevas facetas de nuestro viejo rostro. ¿Quién podría garantizar que el cobre que somos hoy no se despertará mañana, quizás, convertido en corneta?

Escribo ahora desde Queenstown, en la isla sur de Nueva Zelanda. Desde este punto de vista, discontinuo y atravesado, la semana que viene contaré más.


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