COLUMNISTAS

Crónicas de Viaje - Jerónimo Corregido

Queenstown: el espacio entre dos lugares posibles

15:18hs
sábado 15 de febrero, 2020
Jerónimo Corregido
Foto: Ivan Zemko

Sí, esta sección tratará de travesías, de aventuras epistemológicas y cruces de ríos, de descensos de montañas y peleas en los bares, pero antes se debe acatar una vieja convención que nos obliga a detenernos a describir el marco: y este un buen marco para detenerse y describir, pues se trata de Queenstown, en el sur profundo de la profunda Nueva Zelanda, pueblito con pretensiones de ciudad que yace a la vera del lago Wakatipu.

¡El lago Wakatipu! A veces oleaginoso y ceniciento, a veces crepitante y volcánico; en las noches de invierno, intempestivo como el inodoro del infierno; en los días de calor, refrescante como la idea de un vaso de agua fría que uno nunca llegará a beber. Queenstown descansa en su orilla occidental. Es bueno detenerse y contemplar. Es, también -lo sé-, difícil: implica salir del cauce de inmediatez que nos establecen los medios de comunicación y las tecnologías virtuales; nos invita, de algún modo, a abandonar el camino hegemónico de ser. Detenerse y contemplar nos conmina a ver la imagen más allá de la foto, la imagen con todo su espesor de sonidos, aromas y realidad. Queenstown es un buen lugar para hacerlo, pues además del Wakatipu están las montañas, que siempre se experimentan mejor con el ojo fuera de la lente: Walter Peak, Queenstown Hill, Ben Lomond, Cecil Peak, y las Remarkables, sobre todo las Remarkables, paredes ominosas de muchas caras, escultura tallada por la mano experta de la Madre Geología. Se pueden recorrer todos los ángulos de Queenstown, y siempre las Remarkables dan la impresión de estar ladeadas, de mirar de costado, de desplazarse en su inmovilidad. Hay algo perentorio en esas montañas. Hay caminos que la recorren hasta su cima, y por esos caminos me llevaron mis amigos el día que regresé a este pueblo. El ascenso casi vertical me apunó enseguida. Alrededor de la ruta la distancia de las montañas se convertía en realidad evidente: rocas, arbustos, desechos minerales privados de toda belleza. Es bueno detenerse y contemplar, sobre todo si se está en la cuesta de las Remarkables. Aquel día paramos en un mirador al costado del camino, desde donde se descubría el marco pleno de estas crónicas: el centro de la ciudad, brillante al atardecer; el largo brazo del lago Wakatipu, en cuya punta se asentaba el suburbio de Frankton; al este, el río Kawarau; al oeste, el río Shotover, que conducía hacia el barrio de Lake Hayes, presidido por su homónimo laguito, y luego hacia el asentamiento de Shotover; más abajo, como en un pozo, se dibujaban las casitas de Lower Shotover. Sobre Coronet Peak, la montaña de enfrente, las potestades del clima segregaban vapores dorados.

Queenstown es un buen lugar para detenerse y contemplar, pues hay mucho más que montañas y lagos en estos lagos y montañas: Queenstown es una ciudad plenamente dedicada al turismo, y esa actividad está a las antípodas de todo detenimiento y toda contemplación. El turismo obliga a la narratividad, a la sucesión de eventos, al género de acción y las emociones fáciles. No es casual que la primera pregunta que se le hace a una persona que vuelve de un viaje turístico sea: «¿Qué hiciste?». La travesía, por el contrario, es un género mucho más reflexivo que narrativo: confía en la pausa de la descripción y en el análisis de los posibles puntos de vista. La experiencia del turismo consiste en sacarse fotos que prueben la visita al lugar y que sirvan de registro de la escena; la travesía es la refutación de toda foto y la negación de todo registro. Sin imágenes que museifiquen el momento y sin archivos que dictaminen cómo son las cosas, se puede experimentar la escisión fundamental de todo ente: Queenstown es mucho más que algunos nombres de lagos y montañas, que algunas actividades registradas en un catálogo; Queenstown es, a fin de cuentas, una pluralidad de experiencias subjetivas y de contradicciones inmanentes, una multiplicidad de puntos de vista y aventuras posibles.

Esas aventuras pueden tener forma de caminata por la naturaleza, como la que emprendí una tarde de verano con mi vieja amiga Jess. Era uno de esos días de viento fresco y sol ardiente, en los que el cielo despliega un azul desgarrador e ininterrumpido. Jess, que es francesa y previsora, había llevado una botella, que cargamos con el agua del Wakatipu. Tomamos el sendero que bordea el lago y se dirige a la península de Kelvin, en la costa opuesta del centro de Queenstown. Había mucho para contar, pues no nos veíamos desde hacía dos años, pero el día nos invitaba a detenernos y a contemplar, a interrumpir el discurso de las anécdotas para reemplazarlo por el de la descripción. El cielo, monótono en su lozanía radiante, nos obligaba a buscar los caminos de la sombra. Cruzamos la península sin bordearla y llegamos a la encrucijada que va hacia Kingston, en la costa este del Wakatipu. Caminamos bajo aquel sol tiránico y llegamos a un lugar de nombre descriptivo: las Escaleras del Diablo, por las que saltamos entre helechos y arbustos espinosos. Allá abajo, el ruido de las olas suscitaba el recuerdo del mar, el heterogéneo bramido de las profundidades. La playa de piedras blancas se extendía kilómetros y kilómetros, y en todo aquel paisaje no estábamos más que Jess y yo bajo el cielo ardiente, bajo el azul despiadado y estentóreo que en el horizonte se empezaba a oscurecer, que detrás de la cima de Walter Peak comenzaba a teñirse de ámbar: un viento vino del norte y aplacó el sonido de las olas, una ráfaga melodiosa que llegaba de siglos y de playas y de islas, cargada de voces, de los gritos de la embarcación de Kupe -la primera que, según la mitología historiográfica, llegó a Nueva Zelanda-, voces entusiastas que clamaban “Aotea! Aotea!” , «¡La gran nube blanca!», pues debajo de ella adivinaban la promesa de tierra. La tierra de la gran nube blanca, Nueva Zelanda, la nube blanca que había atisbado Kupe y su gente, la misma que ahora brotaba, ámbar y refrescante, de la cima de Walter Peak, como si las cumbres eructaran algodón. Por fin amainaba el azul chillón del cielo, aotearoa, inmensa, salada, abrupta nube blanca.

Queenstown es un buen lugar para detenerse y contemplar, porque de esa manera uno puede ver que sobre el pueblo de las grandes nubes blancas y los lagos y las montañas hay otra ciudad, donde proliferan el movimiento y la inmediatez. Esta Queenstown fue la que me llevó a conocer mi amigo Ale, aquella otra tarde, cuando me metió junto con otros siete latinos en la camioneta de su empresa: un monstruo negro y metálico de ruedas como volcanes y motor de truenos y terremotos, una bestia a petróleo que sus jefes le habían prestado en un arranque de simpatía, o para cobrarse un favor futuro, o por una serie de malentendidos en inglés. La empresa se dedica a ese espanto cultural que se denomina «turismo aventura», oxímoron deleznable que tergiversa el valor de las aventuras al atarlas a un significante comercial. Las contradicciones en los lugares comunes revelan las ilusiones ideológicas de las que somos presas los usuarios del lenguaje; nos demuestran cuán absurdo es lo que se da por sentado y cuán sujetos estamos a la gramática del sentimiento. El monstruo mugía y escupía fuego, y Ale, que es chileno e inquieto, lo maniobraba por desfiladeros y promontorios, por caminos de ripio y tierra montaña arriba, y los pasajeros íbamos como en un samba de bosques y ovejas. Todo lo que el alpinismo tiene de laborioso y espiritual, este viaje lo destrozaba con sus quién sabe cuántos caballos de fuerza. Llegamos, luego de algunos minutos, a la cima de Queenstown Hill. Algunas personas se congregaban junto al Basket of Dreams, el Cesto de los sueños. «¿Cuánto les llevó subir?», nos preguntaron al ver el monstruoso corcel metálico. «Unos minutos», dijo Ale. Ellos bajaron la mirada, recordando, sin dudas, la hora y media que habían estado caminando por la montaña, recorriendo los paisajes y dejando que la mente se hundiera en el sendero.

Nos volvimos a meter en aquella bestia negra, que nos llevó, con la facilidad de un avión y la displicencia de una mula, por valles abruptos hasta Arrowtown, el poblado vecino. Aquel torbellino también era un buen lugar para detenerse y contemplar: distanciarse del tiempo presente y verse a uno mismo, haciendo lo que se hace y diciendo lo que se dice, y tomar distancia para recordar: «Je est un autre».

Hay más de una Queenstown en la Queenstown que habito. Sus desdobles y bifurcaciones inherentes solo son perceptibles cuando se la mira de través. Discontinuas y atravesadas, pronto vendrán más crónicas neozelandesas.


Más columnas de Jerónimo Corregido

EL MUNDO DE BERISSO © 2021 - Edición Dígital. Todos los derechos reservados.

Inhouse - Soluciones web